| |
El ALCA “light” tal como salió de la última reunión de Miami no le sirve ni a los Estados Unidos ni tampoco al resto de América Latina. Lejos de festejar la dureza de los negociadores brasileños y argentinos, deberíamos lamentar que otra de las reformas estructurales que pueden motorizar el crecimiento sostenido comience a agonizar antes de nacer. Este ALCA corre el riesgo de terminar tan injustamente denostado como el Consenso de Washington a la primera dificultad que encontremos por el camino. Detrás de toda la argumentación anti-ALCA subyace una concepción mercantilista de la economía y el inveterado populismo latinoamericano que hoy renueva con brío sus embates a través de la región.
Un ALCA de alcance limitado es una tergiversación de la teoría del comercio internacional. El texto más básico de economía enseña que los países ya ganan con el sólo hecho de intercambiar bienes a distintos precios relativos. Cuanto más cerrada sea la economía mayores son las ganancias de bienestar por abrirse al comercio. Por lo tanto, un ALCA light, con medidas de liberalización comercial parciales y diferidas en el tiempo, perjudica mucho más a países con altos niveles relativos de protección como Argentina y Brasil que a otros como Chile, que posee los aranceles más bajos de la región y la mayor cantidad de tratados comerciales bilaterales suscriptos. En última instancia, la prescripción correcta en materia de comercio exterior para economías pequeñas como las de América Latina sería la de abrirse unilateralmente, como hizo Chile en los ’70 y ’80 y negociar el levantamiento de restricciones a nuestras exportaciones.
Pero las ganancias del comercio no se agotan de manera inmediata sino que también se obtienen con el paso del tiempo a través de la especialización, las economías de escala y la competencia que acompañan a la apertura. La liberalización comercial es una de las muy pocas cosas en economía que no es un juego de suma cero sino positiva. Aquí sí hay free lunch. En un capitalismo sano y competitivo las empresas no necesitan de la protección arancelaria (o de otro tipo) para sobrevivir, sino políticas macroeconómicas sanas que no conduzcan a apreciaciones cambiarias artificiales. La protección arancelaria sólo sirve para proteger la ineficiencia y las rentas monopólicas del empresario local amigo del poder.
El esbozo de ALCA light de Miami es el producto de la posición política de las partes principales de la negociación. Después de los atentados del 9-11 la prioridad número uno en la agenda política de los Estados Unidos ha pasado a ser la lucha contra el terrorismo, que lo llevó a iniciar las campañas de Afganistán primero e Irak después. Del otro lado América Latina se ha visto invadida por una nueva ola de populismo, esta vez desde la izquierda, luego del default y devaluación de Argentina, la victoria de Lula en Brasil y luego Kirchner en Argentina, Lucio Gutiérrez en Ecuador, el reciente desplazamiento de Sánchez de Lozada por Mesa en Bolivia, y el siempre presente Hugo Chávez en Venezuela.
Lo más irónico es que luego del supuesto fracaso del Consenso de Washington las políticas heterodoxas de estos nuevos “caudillos” latinoamericanos parecieran dar resultado, como lo ejemplifica el caso de Duhalde-Kirchner en Argentina, donde la economía está rebotando 7% en 2003 y muy probablemente también crezca 7% en 2004. El éxito aparente en materia económica infunde a su vez en el Gobierno la sensación de fortaleza y de ser dueños de la razón, algo que quedó manifiesto en la forma extorsiva en que la Argentina negoció el acuerdo con el FMI. A su vez, esta creencia se ve fortalecida por el ejemplo del Brasil de Lula, quien para evitar un default todavía más grande que el Argentino terminó aplicando una política financiera ortodoxa como la de su predecesor Cardoso, con el resultado de llevar a Brasil a la recesión en su primer año de mandato.
Se comprende que en esta coyuntura lo último que los Estados Unidos desean son más problemas de los que ya tienen. Si para zafar y a la vez mantener la pelota en movimiento hay que darle el visto bueno a un ALCA light, será el mal menor entonces. Lo que no se comprende es que al corromper el ALCA de la misma manera que el Consenso de Washington se corre el riesgo de estar culpando a la apertura dentro de 5 o 10 años por todos los males que entonces aquejen a América Latina. Y lo más probable es que aquellos problemas devengan, al igual que con el Consenso de Washington, no del ALCA en sí mismo sino de su falta de implementación cabal. Tampoco es menos irónico que esta versión diluida del ALCA salga justo cuando el FMI (otro de los blancos favoritos de los grupos anti-ALCA y anti-globalización) se suma al debate pidiendo más apertura a los países de América Latina, con lo cual se arriesga a quedar pegado con cualquier fracaso futuro.
Por todo esto es que un ALCA light no es la apertura comercial en serio que América Latina necesita para salir de su marasmo del último medio siglo, de la misma forma que sólo privatizar empresas y nada más no es respetar el espíritu del Consenso de Washington (uno de cuyos diez puntos también era la liberalización comercial).
|
 |
 
 |