Defendiendo el Capitalismo Nacional

El impacto de la devaluación sobre el endeudamiento en dólares fue una amenaza para la descapitalización del sector empresario. Frente a esta amenaza, la pesificación de la UIA de de Mendiguren fue la “solución” para los empresarios endeudados con el sistema bancario, a costa de la estafa a los ahorristas. Fue una “solución” similar a la licuación de Cavallo en 1982. Pero a diferencia de entonces, cuando el paquete también incorporó la licuación y estatización de la deuda privada externa, hoy el problema de la deuda privada externa aún no tiene solución. Los más importantes conglomerados nacionales están a la búsqueda de una solución “política” a un problema que amenaza (aparentemente) con hacerles perder el control de sus empresas.

Luego que la UIA consiguiera su “paquetito” pesificador, ahora parece tocarle el turno a la nueva Asociación de Empresarios Argentinos (AEA), con propuestas de seguros de cambio que le permitan disminuir su deuda privada externa, esta vez a costa de los contribuyentes argentinos que tendrán que pagar un subsidio estatal a los endeudados con el exterior, con más impuestos futuros. “Si no se salva a las empresas, estas quebrarán y el desempleo será aún mas dramático”, argumentan erróneamente. Quiebran solamente las empresas que no tienen futuro, aquellas a las que “las proyecciones no les cierran” porque no fueron buenas inversiones o fueron inversiones hechas para un contexto insostenible. Pero ningún acreedor que cuide sus propios intereses acelera la quiebra de una empresa viable. “Nos comprarán por dos pesos”, se escucha. Esto puede ocurrir en algunos casos, pero ¿qué inversor extranjero está dispuesto hoy a invertir en nuestro país?. Probablemente ninguno. La actitud más probable de los acreedores externos es que refinancien y esperen mejores tiempos para cobrar. En otros casos negociarán quitas en forma inmediata, como ya está ocurriendo. En ambos casos, el problema del control empresario desaparece.

“No hay país ni estrategia de país sin un empresariado nacional fuerte”, afirman los empresarios en defensa de sus pedidos de auxilio. Se trata de un slogan tan grandilocuente como vacío de contenido. La verdad es otra: la estrategia de país que apoyaron nuestros empresarios nacionales los llevó a su propio debilitamiento y casi extinción. Veamos por qué. Desde el advenimiento del peronismo del 45 estuvimos afanosamente defendiendo el capital nacional con protecciones arancelarias, promociones industriales, grandes planes de inversión pública, gasto y déficit público que expandiera el mercado interno, tasas de interés negativas, créditos promocionales de la banca estatal, licuaciones de deuda y estatizaciones de deudas privadas. Sin embargo hoy tenemos una presencia dominante de empresas extranjeras en muchos sectores productivos y los conglomerados nacionales continúan mendigando dádivas estatales para sobrevivir. ¿Cómo es posible que después de tantas décadas de intencionada defensa del capitalismo nacional hayamos llegado a esta situación?. ¿Ha sido esto producto de una conspiración internacional para conquistarnos?.

La conspiración internacional no existe. La desnacionalización empresaria es sólo producto de nuestros errores. Los capitalismos nacionales de los países exitosos se han fortalecido (y se han convertido en multinacionales) no por expreso designio de los gobiernos sino simplemente por tener políticas sensatas. Al capitalismo nacional le va bien cuando los salarios son competitivos (en relación a la productividad del asalariado) y esto genera márgenes de beneficio y (auto) ahorro importantes. La compatibilidad entre salarios competitivos y crecimiento sostenido la logran con estrategias de integración genuina al comercio internacional (no con estrategias de autarquía económica, en la que salarios artificialmente altos son necesarios para mejorar el mercado interno). Le va bien también cuando la tasa de ahorro privada es alta, el sistema financiero es confiable y por lo tanto la disponibilidad de crédito es amplia y barata. Le va mejor aún cuando sus plazas financieras son el refugio para ahorros que escapan de países que no respetan a sus depositantes, pues esto permite aún más crédito y menores tasas.

Les ha ido mal en cambio a países como el nuestro, que han defendido artificialmente el capitalismo nacional sin reparar en las consecuencias de los instrumentos utilizados. La defensa más dañina ha sido la recurrencia a la defraudación del ahorrista (a través de tasas de interés negativas, licuaciones y pesificaciones) para “salvar” a los empresarios endeudados en tiempos de crisis. Estas políticas de “salvataje” han sido suicidas para el capitalismo nacional en el largo plazo. El efecto permanente ha sido disminuir, y a partir de esta última experiencia prácticamente eliminar, el crédito para las empresas nacionales. ¿Cómo podrá subsistir el empresariado nacional sin el apoyo de un sistema financiero local?. Indudablemente tendrá que hacerlo sólo en base a la reinversión de utilidades (cuando las tenga), lo que lo pondrá en una enorme desventaja frente al capital extranjero, que está en condiciones de financiarse a tasas bajas con el ahorro de los argentinos (y el de otros países que no protegen a sus ahorristas).

También les ha ido mal a países como el nuestro que han defendido el capitalismo nacional a través del proteccionismo del mercado interno (con aranceles altos y un gasto público excesivo y deficitario). La combinación de salarios “altos”, impuestos altos y déficits fiscales que elevan la tasa de interés, ha sido funcional para generar crecimientos insostenibles de corto plazo, pero ha sido letal para la rentabilidad empresaria en el mediano plazo, particularmente en los sectores exportadores más competitivos. La contrapartida inevitable del “proteccionismo del mercado interno” ha sido el famoso “costo argentino” que ha impedido el desarrollo de un capitalismo nacional orientado al comercio exterior, eficiente y competitivo.

Con el apoyo a las políticas de las últimas décadas, el capitalismo nacional se ha suicidado. No lo ha hecho en un dramático acto final sino, como en el caso del fumador crónico, se ha suicidado gradualmente reincidiendo sistemáticamente en los vicios de la estafa al ahorrista, el proteccionismo y el estatismo corporativo. Hoy el capital extranjero es una parte importante de la inversión en los grandes conglomerados productivos y será así cada vez más como consecuencia de que los argentinos estaremos dispuestos sólo a ahorrar fuera de nuestras fronteras. Es un hecho inevitable, paradójicamente producto de nuestras políticas “nacionales”, que los próximos gobiernos tendrán que reconocer. Si no lo hacen y pretenden luchar contra la realidad con voluntarismos expropiadores, no tendremos capital nacional ni extranjero y el empobrecimiento argentino se acelerará.

Por estas razones el (otrora polémico) tema del “capitalismo nacional” (entendido como la promoción estatal de nuestros conglomerados empresarios) ha desaparecido. En el actual contexto resulta que cualquier intento de beneficiar al sector empresario termina en buena parte beneficiando a propietarios extranjeros. Tal fue el caso de la pesificación, que significó una estafa a ahorristas argentinos para beneficiar a empresarios nacionales y extranjeros por igual. Lo mismo ocurrirá con cualquier esquema de seguro de cambio u artificio similar que, a costa de quienes pagamos impuestos, beneficiará tanto a empresas nacionales y extranjeras endeudadas con el exterior.

Frente a la irreversible desnacionalización de los grandes conglomerados productivos, ¿qué margen queda entonces para una política sensata que no atente contra los intereses nacionales?. Los márgenes son estrechos, pero existen. El capital nacional hoy más relevante no es el que todavía queda en los grandes conglomerados sino el capital de los pequeños y medianos productores agropecuarios e industriales y el de la gente en general. La recomendación número uno es por lo tanto terminar con el proteccionismo arancelario, el régimen automotor, la creación de monopolios artificiales y cualquier otra medida “proteccionista” que termina beneficiando exageradamente a conglomerados (en gran parte extranjeros) y perjudicando a productores (nacionales) medianos y chicos y a la población en general. Pero esto no puede hacerse con locuras expropiatorias que nos dejen sin teléfonos u otros servicios esenciales, como pretende la izquierda nacional, sino asegurando al máximo los derechos de propiedad. La forma de hacerlo es liquidando todo el instrumental intervencionista del capitalismo corporativo, fomentando la competencia externa e interna y desarmando los monopolios artificiales.

La paradoja es que casi 70 años de “nacionalismo” económico nos han dejado sin capitalismo nacional y con un país desvastado. La moraleja es que cualquier asociación empresaria que se precie de “nacional” o “argentina” deberá abandonar las viejas recetas corporativas y abrazar sin condicionamientos los principios de la libre competencia (interna y externa) y de la austeridad fiscal. Da la casualidad que esos principios coinciden con el interés general y son los únicos que nos pueden sacar de este pantano.

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