Populismo, Paternalismo y Liberalismo

En un artículo reciente , el Senador Antonio Cafiero defendió el populismo peronista frente a las críticas que Condoleeza Rice le hiciera al populismo latinoamericano. Para el Senador Cafiero la política populista queda validada por su mera intención de beneficiar al pueblo, no importa cuáles sean los medios para lograrlo. Pero “la ruina viene de la mano del populismo”, nos dice con toda razón Marcos Aguinis. Si el pensamiento del Senador Cafiero es representativo de nuestra clase política, estamos muy lejos de revertir nuestra decadencia.

La analogía familiar

Una buena analogía para discutir sobre populismo y otras visiones políticas, son las actitudes familiares con respecto a la educación de los hijos. Es posible distinguir entre actitudes paternalistas (incluso con desvíos autoritarios) y liberales (llegando incluso a la permisividad). La familia paternalista es aquélla que trata de educar a sus hijos en un contexto disciplinado, fomentando en el niño los buenos hábitos que le permitan en el futuro valerse por si mismo. El amor familiar es un amor condicionado, que le exige al hijo esfuerzos permanentes para adecuarse a las pautas familiares, para estudiar y progresar. Este amor exigente se vale de reglas acompañadas de premios y castigos, para desarrollar hábitos y actitudes correctas. Pero esas reglas familiares son (idealmente) parejas para todos los hijos, lo que es esencial para desarrollar un sentimiento de que todos son queridos por igual.

La familia liberal en cambio apela a la propia responsabilidad del hijo para determinar su esfuerzo. Los premios y castigos son reemplazados por la advertencia sobre los riesgos de determinadas actitudes, dejando al hijo optar en el contexto de la mayor información posible. La educación se basa más en el ejemplo y en la advertencia sobre las consecuencias potenciales de sus acciones, que en premios y castigos frente a actitudes inmediatas. Esta educación apuesta a la responsabilidad en un contexto de libertad de elección, procurando preparar al hijo para la autonomía responsable fuera del hogar. Apuesta a que el hijo esté naturalmente inclinado a optar por la alternativa benigna, aquella que se acomoda a sus mejores intereses en el largo plazo. Pero una familia liberal no puede sino aceptar las diferencias naturales entre los hijos y que en la adultez cada uno tenga el éxito que le toque, sea por su mérito y sus capacidades, sea por su suerte. Unos hijos motivarán orgullo, otros compasión, pero todos serán queridos por igual.

Si se supone que una familia quiere lo mejor para sus hijos, ¿qué es mejor, ser paternalista o liberal?. Más que opciones, son enfoques complementarios que dependen de la edad de los hijos. Lo lógico es ser un padre paternalista, que impone las decisiones (sin métodos brutales y traumáticos, por supuesto) cuando los hijos son pequeños y necesitan desarrollar hábitos virtuosos. Por el contrario, debemos transformarnos en padres cada vez más liberales a medida que ellos crecen y están listos para razonar y tomar sus propias decisiones. Debe ser un proceso gradual, que acompañe el crecimiento del hijo. El hecho es que no podemos ser inflexiblemente paternalistas o inflexiblemente liberales, tenemos que ir cambiando nuestro actitud con la maduración de nuestros hijos.

La inflexibilidad nos conduciría a dañarlos, más aún si poseemos las características patológicas de estos dos enfoques. La versión exagerada o patológica del paternalismo es el autoritarismo. En la niñez el padre autoritario impone las decisiones sin razones. No hay reglas, sino capricho, lo importante es el mantenimiento de su autoridad. Así el niño no desarrolla criterios sino rebeldía ante la autoridad discrecional, particularmente cuando las decisiones no son acompañadas con el ejemplo de los padres. En la adultez el padre autoritario pretende continuar manejando la vida de sus hijos, exigiendo que sea o haga tal o cual cosa. Pretende abortar su libertad y si lo logra, probablemente provocará frustración y resentimiento.

En el otro extremo, la versión exagerada o patológica del liberalismo familiar es el permisivismo, que se caracteriza por la falta absoluta de límites. La familia permisiva le permite al hijo cualquier cosa, lo que termina en el desarrollo de adultos indisciplinados, incapaces de actuar responsablemente, que llegan a la frustración por la acumulación de sus propios errores.

Tanto el autoritarismo como el permisivismo son dañinos, aún cuando sean producto del error de padres bien intencionados. Pero son devastadores cuando van acompañados por la falta de amor (ya que entonces el autoritarismo llega a la discriminación y la permisividad se transforma en negligencia absoluta). Cualquiera sea su motivación, ambas patologías deben evitarse, el equilibrio está entre el paternalismo y el liberalismo, cada uno a su debido tiempo.

Liberalismo y Paternalismo político

Estos enfoques familiares son trasladables al mundo de la política (como si la Nación fuera una gran familia). Las diferencias políticas razonables dentro del capitalismo moderno oscilan entre un enfoque liberal y un enfoque paternalista. El enfoque liberal asume que el ciudadano medio ha llegado a la adultez, puede valerse por si mismo y velar por su familia. Nadie mejor que él para tomar sus propias decisiones. Bajo este supuesto la recomendación es a favor de un capitalismo liberal y competitivo, en donde primen las libertades económicas y la intervención del Estado sea mínima, limitada a sus tareas indelegables.

El enfoque paternalista en cambio asume que una parte de la población está en una etapa “infantil” y el Estado debe velar por ellos. Se cree que, al igual que en una familia con hijos menores o desvalidos, estos segmentos sociales deben recibir un tratamiento “paternalista”. La recomendación en este caso es a favor de un capitalismo privado pero acompañado por un importante objetivo de distribución de ingresos, con mayores impuestos y un gasto público que financie el apoyo a los más débiles.

Pero claro, cuánta distribución es el tema clave. No se trata de una opción binaria, pues aún una parte importante del liberalismo acepta esfuerzos limitados para igualar oportunidades a través del gasto educativo y de salud. La mezcla apropiada de liberalismo y paternalismo distribuidor constituye el centro de la discusión política moderna. ¿Hasta dónde debe llegar el esfuerzo distribuidor a favor de los desvalidos?. ¿Por qué es el Estado y no los propios privados, los que deban ocuparse de su asistencia? En la analogía familiar, ¿es justo, por ejemplo, que la educación de los hijos aptos se sacrifique para compensar a un hijo minusválido?. ¿Cuál es el punto en el que la sobreprotección de los hijos débiles aborta definitivamente su desarrollo potencial como adultos?. Este es el tipo de opciones difíciles que debe enfrentar la búsqueda del equilibrio entre liberalismo y paternalismo. Se trata de la ineludible opción entre el crecimiento y la igualdad, opción que es particularmente estrecha en los países emergentes, en los que las fugas de capitales y la emigración de los más capaces imposibilitan la redistribución a través de los impuestos .

El populismo político

Pero el populismo político escapa a los límites de un equilibrio razonable entre liberalismo y paternalismo. El populismo combina las patologías del autoritarismo y de la permisividad. Es autoritario con las minorías exitosas, ya que les impone la voluntad de las mayorías electorales, sancionando impuestos abusivos y violando sus derechos de propiedad. Una característica definitoria del populismo redistribuidor es la discrecionalidad del padre autoritario, la ausencia de reglas parejas y la falta de igualdad ante la ley: persigue y controla con mayor ímpetu a los sectores económicos que no son afines con su poder; subsidia a otros sectores, no en función de su eficiencia, sino por los votos que representa, por sus contribuciones politicas o por su poder de lobby.

Pero también el populismo es permisivo con los hijos preferidos. El instrumento central es el asistencialismo clientelista. Mientras un paternalismo responsable pretende “enseñar a pescar y no regalar pescado”, el populismo recurre a la dádiva discrecional e incondicional: al alumno no se le exige esfuerzo, se lo promueve aún cuando no estudie. Al que se lo compensa por su desempleo, no se le exige una contraprestación laboral. Al juez que se nombra o al político que se incluye en la lista sabana, no se le exige capacidad sino lealtad. Al que se le da empleo público, no se le exige eficiencia, se le garantiza estabilidad. Su objetivo central no es que los pobres superen su situación de pobreza y a la larga se valgan por si mismos, sino lograr su adhesión política. En última instancia le conviene que los pobres se reproduzcan, pues es su fuente de poder electoral.

El populismo combina así los defectos destructivos del padre autoritario y del padre permisivo. Su autoritarismo discrecional destruye los incentivos para que los hijos capaces prosperen autónomamente y su permisividad destruye los incentivos al esfuerzo de quienes pasan a depender de su dádiva clientelista. El populismo es sinónimo de destrucción de las reglas que incentivan el esfuerzo y el progreso. Como un padre discrecional con hijos preferidos y entenados, es también destructor de la convivencia y la cooperación en paz. Atiza la lucha por la distribución del ingreso, dividiendo para reinar. Su objetivo no es la paz familiar, sino su permanencia en el poder.

Los “hijos” que no emigran no tienen otra alternativa que adaptarse. Los empresarios se hacen prebendarios, pues vale más la búsqueda de la protección estatal que la de la propia eficiencia. La clase media corre tras sus propias prebendas, sean estas el empleo público, la universidad gratuita o la jubilación privilegiada. Los más pobres se agolpan en las villas miserias para recibir la vivienda subsidiada, la caja de pan o el plan trabajar. La mayoría llora para comer de la mano del político populista de turno. La decadencia es así inevitable, pues no se procura el trabajo genuino, sino se trata de robarle al vecino a través de la prebenda estatal.

Atrapados

Hoy estamos atrapados en la madeja institucional tejida por una larga historia de populismos conservadores, radicales, militares y sobre todo, peronistas. El problema es que los beneficiarios de la protección y la dádiva estatal han llegado a ser demasiados votos como para poder cambiar la tendencia dentro de una democracia con una clase política que sólo sigue las encuestas y no los intereses del país. ¿Al menos ha sido el pueblo el beneficiario de las prácticas e instituciones populistas?. De ninguna manera, la decadencia la han pagado fundamentalmente los de abajo, ya que el capital y los más capaces tienen que ser bien remunerados o emigran.

“La ruina viene de la mano del populismo” , nos dice con toda razón Marcos Aguinis. El renacer del país sólo podrá transitar por un equilibrio entre el liberalismo y un paternalismo moderado. Pero nunca, NUNCA, por el populismo, que es el veneno del progreso y la causa “cultural” de nuestra decadencia. La defensa superficial e incondicional que el Senador Cafiero ha hecho del populismo, es absolutamente lamentable. Es reveladora del pensamiento de una clase política que, por ignorancia o corrupción, cree que sus intereses coinciden con los del pueblo. Mientras sea así, estaremos muy lejos de revertir nuestra decadencia.

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