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La idea que "el modelo está agotado" se escucha últimamente tanto en boca del progresismo opositor como de algunos economistas ortodoxos que favorecen un capitalismo competitivo. Lo que ocurre es que las evidencias del desquicio fiscal y la incapacidad competitiva de la economía argentina son tan claras, que son suficientes para unificar el diagnóstico de pensadores tan opuestos.
Es que no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta que un desequilibrio fiscal irresponsable (oculto desde el mismo inicio de la convertibilidad por la contabilidad "trucha" del gobierno) nos llevó a un nivel de deuda pública que nos ha colocado al borde del default. Resulta también evidente que la política de privatizaciones, esencialmente una idea correcta que nadie propone revertir, se bastardeó, dando origen a monopolios privados que han expoliado a consumidores y productores a través de peajes y tarifas carísimas para estándares internacionales. Resulta también obvio que Argentina es un país no competitivo, con un "costo argentino" que ha quebrado a muchos sectores que compiten con la importación e imposibilita un crecimiento exportador con valor agregado. Finalmente, el problema del desempleo es una manifestación palpable de esa falta de competitividad de la economía Argentina.
Estas evidencias son denunciadas por igual por el progresismo y el liberalismo de mercado. Tamaña coincidencia, ¿es un indicador que se ha producido una síntesis milagrosa entre idearios tan opuestos?. De ninguna manera, si bien es cierto todos denuncian los mismos problemas, las recomendaciones para poder superarlos son diametralmente opuestas. Veamos algunos ejemplos.
Para el progresismo industrialista, la falta de competitividad se origina en una apertura salvaje, en la falta de protección del mercado interno y en privatizaciones monopólicas que han descolocado los costos internos e imposibilitan competir. También denuncian como parte del costo argentino las tasas usurarias del sistema financiero y la imposibilidad de acceso al crédito de las pymes. La solución que propone es el cierre de la economía y las políticas activas, por lo menos hasta que se revierta el "costo argentino" originado en los factores mencionados.
Muy por el contrario, quienes estamos a favor de un capitalismo competitivo y fiscalmente responsable, sostenemos que agregar nuevas distorsiones a las que ya tenemos, es enterrarnos aún mas. Los costos financieros y de peajes y tarifas excesivas no los pagan solamente la industria que tiene que competir con las importaciones. Los pagan también los exportadores, sean de productos primarios o industriales. Los pagan la industria turística, que es una de las más promisorias en cuanto a capacidad de crecer y generar empleo. Y por supuesto, los pagan también los consumidores. El cierre de la economía y las políticas activas son instrumentos sectoriales que constituyen una "solución" para quienes tienen que competir con importaciones, pero no solucionan (y a través de los impuestazos agravan) el problema de los exportadores, del turismo y de los servicios que ahorran o generan divisas. Desde el punto de vista macro es por lo tanto una "solución" falsa. Es una propuesta que nos retrotrae al modelo de economía cerrada y dirigista que nos condujo a la decadencia durante 50 anos.
La única solución genuina a los problemas de competitividad está en un abaratamiento del "costo argentino" para todos, a través de medidas generales y no sectoriales. La solución genuina a un problema de competitividad es la deflación generalizada (comenzando por el pecado original, que fue el notable desborde del gasto público) o la devaluación. Todo lo demás son parches dañinos para el interés general que sólo se explican por intereses sectoriales espúreos y por la necesidad de financiar campanas políticas.
Otro ejemplo de diferencias sustantivas radica en la cuestión fiscal. Para el progresismo el nivel del gasto público no es cuestionable, forma parte de la necesidad de mantener el mercado interno y de tener un Estado con capacidad de mejorar la distribución del ingreso. En el mejor de los casos se trata de bajar algunos excesos (como los gastos de la política) para dar lugar a un margen mayor para políticas sociales. La política impositiva es vista como una pieza fundamental para mejorar la equidad, ya sea recargando el peso del sistema sobre los capitales concentrados y foráneos o reduciendo la evasión. Los déficits no son problema, forman parte del instrumental para reactivar la economía.
Por el contrario, para la ortodoxia los déficits fiscales son las causales de las altas tasas de interés que ahogan al sector privado y, cuando se financian externamente, son la causa (por la oferta artificial de dólares financieros) del atraso cambiario que desprotege a los sectores importadores y exportadores. El gasto público excesivo es la fuente de los paquetazos impositivos que ahogan al sector privado. La idea que el gasto sirve para garantizar la equidad social es, al menos en nuestro país, un "verso" populista. El tema es que el gasto nunca llega a los pobres, sólo alcanza para mantener noquis, clientelismo y corrupción. El progresismo impositivo es una utopía, ya que en un mundo con capitales tan móviles, los impuestos, cualquiera sea su naturaleza, siempre los termina pagando los sectores ingresos medios y bajos a través de mayores precios, menores salarios o directamente con el desempleo. La reducción de la evasión es (con estas tasas y este nivel de eficiencia del gasto publico) otra utopía, ya que a la AFIP le resulta imposible pelear contra un universo de evasores practicantes rebelados contra la realidad de un gasto público inservible.
Los problemas de la economía argentina son obvios, pero las soluciones no. La idea que "el modelo está agotado" es una simplificación extrema en la que coinciden ortodoxos y heterodoxos por igual, pero que no sirve al momento de pensar en la salida a esta encerrona. Cualquier debate fructífero exige que se distinga la paja del trigo y se trate de identificar la verdadera causa de los problemas. Es necesario en primer lugar rescatar del "modelo" la libertad de precios, la eliminación de controles y las desregulaciones realizadas. También es necesario defender sin concesiones la prohibición del financiamiento monetario de los déficits fiscales. Lo que se hizo mal y hay que cuestionar y cambiar es una apertura limitada al MERCOSUR con tipo de cambio atrasado, las privatizaciones monopólicas y una política fiscal con un gasto público insostenible y un déficit descontrolado.
La magnitud de los errores cometidos hacen inevitable una acentuación de la crisis que ya lleva tres anos. No hay salidas fáciles. El problema es que lo que hoy aparece como políticamente imposible (una baja drástica del gasto público) puede ser menos malo que un ajuste caótico realizado por necesidad cuando todas las reservas se hayan agotado. Por las buenas o por las malas el ajuste se producirá. Pero pasado el sofocón, lo importante para el futuro de la Argentina es qué se hace a partir de allí. Lo que va a decidir si a partir de la crisis nos empantanamos por muchos anos o salimos, es el rumbo estratégico que tomemos.
En este sentido las opciones son claras: una opción es tomar el camino tradicional del progresismo nacional, que incluye el cierre de la economía, las políticas activas, los controles, una política distributiva clientelista y populista y los déficits fiscales financiados con emisión. Este camino nos llevaría a una repetición de los 80, sería volver al camino de la inflación, la fuga de capitales, el estancamiento y la decadencia.
La otra opción es una verdadera economía de mercado, competitiva y abierta. Esta vía supone optar por una política de equilibrio fiscal a rajatabla, un gasto público austero, impuestos moderados, mantenimiento de la estabilidad monetaria, una apertura comercial generalizada con un tipo de cambio realista, un capitalismo competitivo (ni corporativo ni monopólico), una política distributiva limitada y focalizada realmente en los pobres, pero paternalista y condicionada. Este segundo camino es el único que garantiza (después de un duro y difícil reacomodamiento de nuestro aparato productivo) el crecimiento sostenible, aprovechando las oportunidades que nos brinda un mundo sin guerras masivas y con un progreso extraordinario como nunca se dió en la historia de la humanidad.
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