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A pesar de que resulta obvio que al default no se llega de la nada sino por acumulación de una deuda impagable y que la acumulación de una deuda pública impagable no puede explicarse sino por enormes déficit fiscales, muchos economistas prestigiosos (nacionales y extranjeros) siguen sosteniendo que el problema argentino no fue de origen fiscal. Algunos argumentan que el déficit fiscal no es tal, pues el desequilibrio se explica por la reforma previsional, que es de una naturaleza especial. Otros argumentan que los déficit fiscales de Argentina eran normales, dentro de las pautas fijadas por Maastrich para la Unión Europea. ¿Tendrán un punto válido?. ¿Si no hubo desborde fiscal, a qué le atribuimos el default?. Este debate es crucial, porque el diagnóstico condiciona las recomendaciones. Así que veamos los argumentos.
El argumento del déficit previsional que no sería déficit fiscal
El argumento parte de la observación que los déficit fiscales acumulados durante la Convertibilidad equivalen aproximadamente al déficit del sistema previsional. Aparentemente, si no fuera por la reforma previsional que le quitó ingresos al sistema de seguridad social, el déficit fiscal no hubiera existido, pues el resto del sector público estuvo aproximadamente en equilibrio . A esta observación se suma el (falso) argumento que el déficit del sistema de seguridad social no es un gasto corriente sino una amortización de una deuda (implícita) con los jubilados del sistema. Tratándose de una amortización de deuda, no se lo debería tratar como un gasto corriente que genera déficit. “Es un problema de financiamiento”, nos dicen, dando a entender que sólo se trata de contraer nueva deuda para pagar la amortización de la deuda (implícita) con los jubilados.
¿Hace sentido económico esta construcción contable?. ¿Es razonable aplicarle a un sistema de reparto una conceptualización propia de un sistema de capitalización?. Por supuesto que no la hace. Ante todo, la observación que la reforma previsional produjo el déficit fiscal es como “descubrirle el agujero al mate”. Si no se tomaban medidas compensatorias, ¿qué otra cosa podría ocurrir que un aumento del déficit fiscal?. Pero el punto de referencia económico (en oposición al contable) es otro. El objetivo esencial de crear el régimen de capitalización era aumentar la tasa de ahorro de la economía y crear un mercado de capitales de largo plazo para financiar la inversión privada. Para que el ahorro aumentara y quedara disponible para la inversión privada, era esencial que el sector público equilibrara sus cuentas después de perder los aportes que irían a las AFJP. Si no lo hacía, a través de mayores impuestos o (preferentemente) baja de gastos, los fondos de las AFJP no estarían disponibles para la inversión privada sino serían absorbidos por bonos emitidos para financiar el déficit público, tal como ocurrió.
Tampoco hace sentido económico tratar el déficit previsional de un sistema de reparto como una amortización de deuda pública. Cuando el gobierno amortiza una deuda financiera, el destino de esa amortización seguramente será reinvertido en el mercado de capitales. Por el contrario, cuando el gobierno aumenta las jubilaciones, el resultado será un aumento del consumo y cualquier colocación de deuda para financiar ese gasto disminuirá el ahorro disponible para la inversión privada. Es por esta simple razón que los estándares del FMI para la contabilización de las erogaciones de los sistemas de reparto aconsejan tratarlos como un gasto corriente más del sector público .
La redefinición del “problema fiscal”
La mayoría de los economistas “no fiscalistas” (definición amplia que abarca especies dispares como keynesianos, monetaristas y ofertistas) no llega sin embargo al extremo de negar la existencia de los déficit forzando definiciones contables. Su punto de referencia es distinto. Para ellos lo normal es que existan déficit fiscales importantes, como los tienen la mayoría de los países desarrollados. Están dispuestos a conceder que hubo un problema fiscal sólo cuando el déficit excede determinado nivel. La referencia con Maastrich es la más usada. Mientras el déficit no exceda el 3% del PBI y la deuda no exceda el 60% del PBI, no habría un problema fiscal. Pero entonces, ¿que tipo de problemas tuvimos para llegar al default?. El argumento es que se trató de un comportamiento perverso de los mercados de capitales, que no permitieron el financiamiento de déficits (aparentemente) normales.
Este cambio de punto de referencia es mucho más que un juego semántico, pues afecta radicalmente el diagnóstico y las recomendaciones. Si lo normal es que el país tenga déficits públicos importantes, cuando surgen problemas la culpa no será nuestra sino de los mercados financieros que no nos financian. Así el primer culpable (para este enfoque) son los shocks externos adversos, como la crisis rusa, que nos cortó el financiamiento externo. El segundo culpable es el FMI, que no encauzó “una dinámica perversa de los mercados de capitales” con generosos salvatajes. “No es que Argentina hubiera hecho mal las cosas, sino que se le exigió demasiado”, declara Stiglitz. No es que debimos haber ajustado sino que fuimos los conejitos de indias de la nueva arquitectura financiera internacional. La culpa siempre queda afuera. Esto le permite a la profesión de economistas ser “políticamente correctos” y ganarse el oído de los políticos y los empresarios socios del Estado.
El criterio correcto
¿Qué es entonces normal, tener equilibrio fiscal o un déficit que esté dentro de las pautas de Maastrich?. ¿Cuál es el criterio correcto para definir si tenemos un problema fiscal y por lo tanto si tenemos que ajustar o no?. No hay una sola respuesta, depende del país y sus circunstancias. Responder esta pregunta equivale a responderse si a una familia o a una empresa le conviene endeudarse. La respuesta es: depende del costo del endeudamiento y del uso que se haga de ese dinero. El camino seguro al crecimiento es siempre el del ahorro y la capitalización, no el del déficit y del endeudamiento. Pero si vamos a hacer déficits y endeudarnos, para que resulte conveniente, la tasa de interés tiene que ser baja y el préstamo destinarse a una inversión rentable. Por el contrario, si el costo del endeudamiento es alto y se lo destina a financiar consumo, vamos camino al desastre. De la misma manera que el endeudamiento irresponsable liquida la economía de una familia o de una empresa, es letal para la economía de un país.
¿Qué hicimos en la Argentina?. Bien medidos, sin contabilidad creativa, hicimos déficit anuales superiores al 4% del PBI durante una década, para financiar básicamente consumo pagando tasas de interés estratosféricas. Luego de las privatizaciones, el Estado se quedó prácticamente sin inversión propia. El gasto estatal fue prácticamente puro gasto corriente. Si aceptamos la (arbitraria) conceptualización previsional, diríamos que nos endeudamos en 4% del PBI por año para financiar el consumo de los jubilados. Cualquier comparación con Maastrich y los países europeos es por lo tanto ridícula. Mientras los países europeos financian inversiones públicas, nosotros financiamos consumo de jubilados, ñoquis y corrupción. Mientras los estados europeos se financian al 3%, nosotros lo hicimos a tasas crecientes hasta llegar al 15% en el Megacanje. Con un gasto público dedicado al consumo y con un costo estratosférico del endeudamiento, la sostenibilidad era una utopía y cualquier déficit era imprudente. El punto de referencia relevante es entonces que Argentina debió tener equilibrio fiscal. Es por esta razón que el problema fue esencialmente fiscal y no de financiamiento.
Una perspectiva final
En un medio plagado de diagnósticos reduccionistas (de la causa única y la recomendación mágica), es necesario poner en perspectiva la afirmación que “el problema fue esencialmente fiscal”. La frase es útil sólo para fijar una posición en la polémica sobre la importancia del déficit fiscal en el colapso reciente. Pero no es una frase que intente un nuevo diagnóstico reduccionista del problema argentino. La irresponsabilidad fiscal es una pieza crítica del problema económico, pero no la única. Un capitalismo corporativo y una pésima inserción internacional son también causas importantísimas. Por otro lado el problema económico es sólo una parte del problema argentino. Nuestros problemas políticos y culturales no le van en zaga al problema económico (y en muchos casos son la causa subyacente). Es por ello que no tendremos soluciones si no avanzamos en todos estos frentes simultáneamente. Hecha esta aclaración, permítanme reiterarle a mis colegas economistas (premio Nobel incluído) que para explicar el default y el colapso económico, el problema fue esencialmente fiscal.
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