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La actividad económica y el desempleo indican que la recesión continúa profundizándose. La devaluación del real está a punto de quebrar el MERCOSUR y lanzarnos hacia un cierre de la economía. El prometido déficit cero está aún lejano. La recaudación continúa desplomándose y nuevas bajas del gasto después de las elecciones parecen cada vez más difíciles por la "fatiga de ajuste". Las emisiones monetarias provinciales aumentan día a día. La esperanza de obtener un alivio importante en los intereses de la deuda a través de un canje voluntario de deuda, parece desvanecerse.
La economía está en terapia intensiva. La ansiedad colectiva aumenta. ¿Cuál es la prognosis, doctor?. ¿Podemos seguir confiando en que el tratamiento que durante diez anos siguió el paciente le permitirá salir de esta crisis profunda?. El médico de cabecera sigue opinando que sí, que intentar un tratamiento totalmente distinto podría provocar tal shock en el paciente que arriesgaría su muerte. "Lo importante es que el paciente crea en sí mismo", nos dice. La parentela sin embargo esta cada vez mas intranquila, porque los signos vitales se debilitan día a día.
Algunos familiares han comenzado a escuchar a los viejos doctores (los políticos y economistas populistas), que con su mala práctica fueron determinantes para que el paciente desarrollara sus enfermedades crónicas (incapacidad de competir e irresponsabilidad fiscal). Su voz es cada vez mas escuchada. Su recomendación es recuperar rápidamente al paciente a través de la suspensión del MERCOSUR (lo que permitiría aumentar la protección arancelaria de la industria local) y recuperar el mercado interno a través de una emisión generalizada de bonos provinciales que permitiría mantener la demanda interna mientras se recupera el crédito. Es la vieja receta de la economía cerrada y la irresponsabilidad fiscal financiada con expansión monetaria.
La consulta hecha con doctores externos (no comprometidos con las recomendaciones anteriores) arroja serias dudas sobre la recuperación del paciente si no hay cambios importantes en el tratamiento. Quienes nos ven desde afuera observan la falta de competitividad de la economía Argentina es muy grave y cada día peor, a la luz de la devaluación brasilera. También observan que los intereses sobre la deuda pública, que son altísimos y fijos a largo plazo, requieren un ajuste fiscal interno de enormes proporciones y dudosa viabilidad política. A menos que el paciente reaccione milagrosamente, ven que la flexibilización cambiaria y la renegociación de la deuda pueden convertirse en medidas imprescindibles (aunque dolorosas y con efectos secundarios indeseables en el corto plazo) para salvar al paciente.
El gobierno parece decidido a insistir con el tratamiento actual en dosis aumentadas. El déficit cero es el objetivo inmediato, que requerirá un nuevo ajuste sustantivo del gasto a partir de las elecciones. Está confiado en que la baja del gasto permitirá simultáneamente mejorar la competitividad (a través de la deflación interna que se generará) y equilibrar las cuentas fiscales, haciendo así desaparecer el espectro del default y con el tiempo, recuperar la confianza de los inversores, bajar el riesgo país y volver a crecer.
La estrategia del gobierno para recuperar la competitividad y el equilibrio fiscal enfrenta sin embargo dudas de significación. Por un lado están las dudas políticas. ¿Podrá un gobierno debilitado imponer mayores ajustes después de las elecciones?. Si lo lograra y el déficit cero se hiciera realidad, ¿cuáles serán los efectos inmediatos sobre la actividad económica y el desempleo?; ¿la deflación interna será lo suficientemente importante como para restaurar la competitividad y evitar las (nefastas) medidas proteccionistas que se reclaman?. ¿Qué hacemos si el paciente no cree en si mismo y la fuga de depósitos se reinicia?.
A pesar de todas estas dudas, la junta médica externa (el Fondo Monetario y la Tesorería americana) ha consentido la estrategia del médico de cabecera, pero haciendo hincapié en que el logro del déficit cero es una necesidad inmediata e insoslayable. Sin embargo sus dudas sobre el funcionamiento de esta estrategia se manifiestan de tanto en tanto en alguna declaración inoportuna. En la última de ellas el Secretario O'Neill manifestó que había considerado con el Fondo Monetario Internacional la posibilidad de estandarizar un proceso de convocatoria de acreedores para países en dificultades de pagos, similar a las normas vigentes para empresas privadas.
Tal como en el sector privado, la idea básica del Señor O'Neill es contar con un esquema en que los países en dificultades de pago, renegocien los términos de su deuda sin que en el corto plazo la caída del financiamiento provoque un colapso de su actividad económica. Esta idea resulta coherente con la posición de los países desarrollados, que ahora consideran inapropiado que los países grandes salgan al rescate de los prestamistas imprudentes. Si los mercados no confían en la capacidad de pago de un país en los términos pactados, son los prestamistas imprudentes los que deben pagar las consecuencias (a través de una moratoria que conduzca a la repactación de las condiciones originales) y no los contribuyentes de los grandes países, afirman. La "convocatoria" le permitiría al país seguir funcionando durante el periodo de negociación.
Existe sin embargo una diferencia importante con una convocatoria privada. Mientras una convocatoria privada afecta solamente a acreedores externos a la empresa, una convocatoria de un Estado afecta también a los acreedores internos. El impacto de una convocatoria se haría sentir sobre el sistema financiero y las consecuencias que esto podría tener para el funcionamiento de la economía interna no pueden ser soslayados. Es esto lo que hace dudar a la junta medica entre apoyar el tratamiento deflacionario (con canjes voluntarios de deuda) y la alternativa de la flexibilización cambiaria y la convocatoria de acreedores.
En definitiva, para sacar al paciente de la terapia intensiva hay tres propuestas dando vueltas. La propuesta populista, cerrar la economía y "monetizar" el déficit fiscal con bonos provinciales, podrá mejorar algunos síntomas críticos, quizás permita sacar al paciente de la terapia intensiva, pero en el mejor de los casos lo hará dependiente de un tratamiento que lo llevará a una vida que no merece ser vivida. Basta observar la decadencia argentina hasta la década del 90. Sin embargo, la mayor probabilidad es que ni siquiera sirva para sacar la economía de su terapia intensiva.
La manera de superar la crisis y reiniciar (lentamente) un crecimiento sostenible es restablecer la competitividad, insertarnos en la globalización con una apertura comercial irrestricta pero con un tipo de cambio realista y lograr una política fiscal responsable, sin déficit, con austeridad en el gasto y tasas impositivas moderadas. El problema es como llegar a ese punto con el menor costo posible. ¿Será mejor insistir en el mantenimiento de la convertibilidad, bajar el gasto público y esperar que la deflación interna mejore la competitividad?. ¿El comportamiento de los mercados financieros harán posible esta estrategia sin una implosión económica?. Si no fuera posible, la flexibilización cambiaria y la renegociación de la deuda serán inevitables.
Es evidente que luego de los errores cometidos, no hay salidas sin costos. Nos debe servir de lección. No hay manera de crecer sostenidamente con indisciplina fiscal y endeudamiento externo utilizado para mantener el mercado interno. Es el momento de ponerle el pecho a los errores y hacer oído sordo de los cantos de sirena que nos quieren retornar a un pasado decadente. Ya sea por el camino de la deflación o de la flexibilización cambiaria, lo importante es marchar hacia una economía insertada plenamente en el comercio internacional y con una genuina disciplina fiscal. Es la única visión estratégica para el país que nos conducirá a un crecimiento sostenible.
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