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En la reciente reunión de ABA Stanley Fischer realizó una buena presentación, haciendo un balance de las causas de la actual situación de la economía Argentina e instando al gobierno a perseverar en las reformas fiscales y estructurales. Sorprendentemente, el saliente Subdirector Gerente del Fondo Monetario reconoció que el crecimiento de la economía Argentina en la década pasada dependió excesivamente de grandes déficits fiscales. También afirmó que la explicación de la crisis actual está parcialmente en los shocks externos y en un progreso inadecuado en las reformas estructurales, pero también refleja la ausencia de ajuste fiscal. Al momento de las recomendaciones sostuvo que la baja del déficit fiscal es la manera de empezar el circulo virtuoso del crecimiento y que la evidencia es muy clara que las reducciones de gasto son más efectivas que los aumentos impositivos para fomentar el crecimiento económico.
Estas afirmaciones son sorprendentes porque vienen del principal responsable dentro del FMI de las relaciones con Argentina, organismo que hizo "la vista gorda" durante una década entera con respecto a la política fiscal irresponsable que nos ha puesto al borde del default. Cuesta comprender cómo puede opinar ahora de esta manera, cuando en una fecha tan reciente como Octubre del 2000 el Sr. Fischer estuvo de acuerdo con la teoría que "la prioridad era crecer y luego el ajuste fiscal llegaría por añadidura". Como consecuencia bendijo (con el Blindaje) un aumento drástico de los topes al déficit fiscal previstos en la Ley de Responsabilidad Fiscal cuando todavía no tenían un ano de vigencia. Tampoco hay que olvidar que durante una década consintió los artilugios de contabilidad creativa realizados por el gobierno argentino para ocultar el verdadero déficit fiscal y recomendó aprobar innumerables perdonazos por incumplimiento sistemático de los compromisos asumidos en las cartas de intención.
Si estaba dispuesto a hacer estas declaraciones, debió al menos explicarnos por qué cambió de opinión. Mientras no lo haga, suma a la confusión. Son muchas las preguntas importantes sin respuesta. ¿Cuál es la estructura conceptual que le permitió justificar durante una década los grandes déficits fiscales, que ahora él denuncia?. ¿Cómo pudo sostener en Octubre del 2000 que la receta apropiada para Argentina era un aumento del déficit mediante baja de impuestos y ocho meses después (bajo las mismas circunstancias de cierre de los mercados externos) sostener que lo adecuado es una baja del déficit a través de una reducción del gasto público?. ¿Cuán confiable como "auditora" es una institución que ha avalado durante una década una política económica que nos puso al borde del default y llegada la crisis, oscila como un péndulo en cuanto a las recomendaciones de política económica?. ¿O es que el no confiable es el Sr. Fischer y por eso "renuncia" al FMI en Noviembre?. Seguramente nunca tendremos una respuesta oficial.
La última posición del Sr. Fischer (bajar el déficit y el gasto público) es (¡al fin!) la recomendación correcta. Pero el problema es que llega tarde. El gasto nunca debió aumentarse como se aumentó al principio de la Convertibilidad. Cometido el error, debió haberse corregido a partir del 95. No hacerlo tuvo como consecuencia la continuidad de los déficits fiscales, una escalada espectacular de los intereses sobre la deuda y una competitividad cada vez más comprometida por los paquetazos impositivos. La recomendación de Fisher es la única manera de evitar el caos financiero y devaluatorio. Pero, aún cuando fuera políticamente posible, es una recomendación tardía para evitar una profundización de la recesión. Ahora la baja del gasto necesaria es enorme por la magnitud de los intereses que se han acumulado y por la imposibilidad de bajarlos, por haber cristalizado tasas altas en bonos a largo plazo. Por otro lado la debilidad política es cada día mayor y ahora los inversores esperarán ver cuáles son las consecuencias internas de un programa de fuerte ajuste del gasto público, antes de recobrar la confianza.
¿Qué enseñanzas nos debe dejar toda esta experiencia?. La primera es que el sello de aprobación del FMI no es garantía de calidad de un programa económico. Aquellos ciudadanos que confiaron en que la aprobación del FMI era una garantía contra los ímpetus irresponsables de la clase política, se equivocaron. El FMI se ha transformado en una entidad totalmente permeable a los intereses de los prestamistas internacionales, que a la hora de prestarle a los países emergentes (en tiempos de abundante liquidez) no están dispuestos a escuchar llamados a la prudencia. También es una entidad con (demasiado) pragmatismo político frente a los intereses cortoplacistas de los gobiernos de los países emergentes, generalmente coincidentes con estrategias keynesianas de crecimiento rápido y fácil basadas en el endeudamiento externo.
En estas condiciones "negociar" con el FMI y "arrancarle" concesiones fue un "mérito" sólo para el criterio de irresponsables o ignorantes. Lograr que el Fondo nos apruebe mayores déficits, contabilidad creativa, incumplimientos, tipos de cambio múltiples, etc, fue tan "piola" como el logro de un hijo rebelde que convence a un padre permisivo de abandonar el colegio. Al igual que en el caso del hijo rebelde, es el país y no el (padre permisivo) FMI el que pagará los costos del facilismo irresponsable. El Sr. Fischer se retirará pronto con la conciencia tranquila que nos advirtió en junio de 2001 acerca de la necesidad de "perseverar" (¡?) en el ajuste fiscal y las reformas estructurales. Mientras tanto nosotros sufriremos todos los costos de una década de irresponsabilidad fiscal. Es hora que reconozcamos una triste realidad: los ciudadanos no tenemos defensa contra la irresponsabilidad de nuestra dirigencia y de los economistas keynesianos y ofertistas que le dan letra.
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