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Una Comparaci |
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| Mario Teijeiro, 18 de Noviembre del 2001 | Download | ||||
| En 1980 el PBI per capita de la Argentina era de u$s 6,800 y el de Chile era u$s 2,545. En ese ano ambos países estaban culminando un ciclo de bonanza económica y a punto de caer en una gran crisis financiera y cambiaria. En los anos anteriores habían tomado el camino fácil del crecimiento rápido (pero insostenible) apoyado en el endeudamiento externo. El fuerte atraso cambiario y los profundos desequilibrios de la cuenta corriente eran rasgos comunes explicados por políticas imprudentes de endeudamiento externo facilitadas por los abundantes petrodólares. Violentas devaluaciones y caídas dramáticas del PBI y el empleo fueron las consecuencias inevitables. Veinte anos después nos encontramos que mientras Chile casi duplicó su ingreso per capita, ¡el crecimiento del ingreso per capita en la Argentina ha sido nulo!. Este comportamiento tan dispar parece no haber sido aún suficiente para que el ingreso per capita chileno en dólares se acerque al Argentino (el PBI per capita en la Argentina será de alrededor de u$s 7,300 en 2001, mientras que en Chile será de alrededor de u$s 4,000). Pero se trata de una visión aparente y transitoria. La comparación en dólares está fuertemente distorsionada por el fuerte atraso cambiario en nuestro país, mientras que los guarismos chilenos ya han sido afectados en dólares por una persistente devaluación. Apenas se corrija nuestro problema de precios relativos, será evidente que nuestro ingreso per cápita en dólares es substancialmente inferior al registro actual y sólo un poco superior al chileno, lo que pondrá de manifiesto el excepcional crecimiento de la economía chilena en los últimos 20 anos y el estancamiento argentino. Que nuestro ingreso per capita sea similar al chileno será casi intolerable para el orgullo de nuestro país, que se sabe poseedor de riquezas mucho más importantes. Es un golpe demoledor para la soberbia del "piola" que se ve igualado por el "esforzado laburante". Pero es una dura realidad que invita a la reflexión. Una pregunta trascendente es ¿qué hicieron distinto para mostrar tal disparidad de comportamiento?. La gran diferencia es que los chilenos aprendieron rápidamente la lección de la malograda experiencia de la década del 70. Comprendieron que no hay crecimiento alto y sostenible sin altas tasas de ahorro y sin competencia. Hernán Buchi adoptó una estrategia de crecimiento basado en una apertura unilateral al comercio, con un arancel de importación bajo y uniforme, pero con un tipo de cambio real alto. El aumento del ahorro interno y la eliminación de la dependencia de los capitales externos se logró con una política fiscal que equilibró las cuentas públicas, pero a través de una baja del gasto de 4% del PBI y reducciones de tasas impositivas. Se terminó además con el régimen estatal de jubilaciones. Se impidió que los capitales golondrinas fueran la fuente de auges transitorios e insostenibles del consumo. Los resultados de sus políticas austeras y prudentes fueron espectaculares. El crecimiento del producto comenzó una tendencia imparable, promediando el 6% acumulativo anual entre 1984 y 2001. El desempleo que había llegado al 19,6% en 1982, se redujo al 10,1% en 1986 y al 7,3% en 1990. El porcentaje de hogares pobres se redujo del 39,4% en 1987 al 17,8% en 1998. La reacción de nuestro país a la crisis de la deuda del 82 fue exactamente la opuesta. El colapso económico del 82 fue la excusa para cerrar la economía, revalorizar las políticas keynesianas de alto gasto y déficits monetizados, los controles y las altas tasas impositivas. Así nos fue. Terminamos en la hiperinflación del 89. Pero cuando tuvimos la oportunidad de cambiar en 1991, ¡volvimos a reincidir en el mismo error estratégico!. Detrás de símbolos modernos de ortodoxia y modernidad (la Convertibilidad y las privatizaciones), se escondió una típica política cortoplacista keynesiana.. Nos decidimos por los resultados inmediatos y fáciles que son logrables aumentando el gasto público financiado con privatizaciones y endeudamiento externo. En lugar de abrirnos al mundo, nos abrazamos al MERCOSUR y atrasamos el tipo de cambio. En lugar de aumentar el ahorro interno, lo destruimos a través de los déficits fiscales y manteniendo el régimen estatal previsional. En lugar de ser prudentes con los capitales golondrinas, los alentamos. Fue la versión moderna del crecimiento rápido y fácil a través de "recuperar el mercado interno". Lo más dramático del caso es que hoy el diagnóstico generalizado vuelve a ser equivocado y amenaza con condenarnos a una nueva década perdida. La visión compartida por el progresismo y el populismo nacional es que el problema fue un capitalismo salvaje, un ajuste salvaje y una apertura salvaje. La solución es por lo tanto volver al Estado redistribuidor, a recuperar la demanda interna y al cierre de la economía. Se trata del viejo modelo de la CEPAL que nunca abandonamos, simplemente cambia de instrumentos. En la década pasada el instrumento impulsor fue el endeudamiento externo. Ahora buscamos en el default y en mayores impuestos a los "ganadores del modelo" la fórmula mágica para redistribuir ingresos y provocar un shock de demanda interno. A diferencia de 1982, Argentina tendría hoy apoyo político internacional para resolver la crisis de la deuda y volver a crecer (luego de digerir las consecuencias inevitables de esta crisis). Pero ese apoyo requiere una política económica sensata. Resulta ridículo pensar que vamos a despertar la simpatía internacional con programas económicos que se basan en mayores impuestos, más gasto público, cierre de la economía y financiamiento monetario de déficits fiscales. ¡Es el camino opuesto al que avanza el mundo!. Pero aún cuando pensáramos sobrevivir sin los apoyos externos, resultaría insensato creer que esas fórmulas nos servirán para crecer sostenidamente, cuando las probamos durante 70 anos y nos sumergieron en la decadencia. También es insensata la posición de los defensores incondicionales de la Convertibilidad, que se aferran a un mero instrumento (la paridad del 1 a 1) como si fuera definitorio de una ideología o una estrategia de crecimiento sostenible. No tienen un diagnóstico que explique las causas del fracaso de la Convertibilidad (salvo echarle la culpa a la mala suerte de los shocks externos). Nunca denunciaron el crecimiento del gasto y la irresponsabilidad fiscal ocurrida desde sus inicios. Su defensa de la Convertibilidad nos está llevando a la implosión económica y dando lugar a que el populismo y el progresismo identifiquen el fracaso con las ideas liberales. Tal como lo hicieron los chilenos en el 84, la situación actual requiere un diagnóstico acertado y una estrategia adecuada. Argentina no tiene futuro fuera de la globalización. Pero si vamos a seguir en la globalización, debemos insertarnos adecuadamente, aprovechando sus ventajas (que están en un crecimiento exportador) y evitando sus peligros (que están en los endeudamientos fáciles). Esto se instrumenta con una apertura económica en serio, con aranceles bajos y uniformes, pero con un tipo de cambio realista. Se instrumenta con un gasto público austero (muy inferior al actual), impuestos mas bajos y equilibrio fiscal estricto. Hay muchos que sostienen que nuestros problemas son de índole cultural. Que nuestra dirigencia es incapaz de adherir a soluciones que impongan el ahorro y la competencia como condiciones necesarias para el crecimiento. Por el contrario, parecen más cercanos a aceptar recetas facilistas que prometen rápidas recuperaciones, no importa cuán sostenibles y promisorias ellas sean. Si esto es así, enfrentamos la perspectiva de una nueva década perdida, luego de la cual seguramente ya no seremos el país latinoamericano de mayor ingreso per capita. |
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Mario Teijeiro, Centro de Estudios Publicos, Argentina. Referencia para citas: Mario Teijeiro, http://www.cep.org.ar o http://www.cep.org.ar/articulo.php?ids=69 |